La primera luz en el autódromo
Llegué a las seis y cuarto, cuando el sol todavía no decide. El autódromo amanece en silencio, sin público, sin cronómetros: solo el olor de la gasolina vieja y el asfalto frío. Para mí, esa hora es la mejor compañera de toma.

Lo que busco con la serie es que el auto deje de ser un objeto y se vuelva materia: luz, reflejo, geometría. Casi nunca disparo al “coche bonito” de frente; me interesa el encuadre que lo descompone y lo vuelve a armar.

Trabajo autodidacta, a mi ritmo. Eso significa equivocarme mucho y aprender más: cuando regreso a casa reviso cada archivo y esa revisión es mi verdadera clase de fotografía.
El auto, como la fotografía, es pura espera: un objeto que solo cobra vida cuando le das luz.
Esa madrugada confirma lo que ya sospechaba: las mejores imágenes no se buscan, se esperan. Y Tlaxcala, con su silencio, me regala la paciencia.
