Cuando empecé a fotografiar autos, pensaba que era un trabajo técnico: encuadre, velocidad, obturación. Con el tiempo, me di cuenta de que es algo más profundo: es una forma de entender el movimiento, la luz y la relación entre el hombre y la máquina.

Del circuito a la calle
La serie tiene dos caras. En el autódromo, todo es control: la luz es predecible, el movimiento es repetitivo, el asfalto está limpio. Pero en la calle —como en el desfile del 15 de septiembre o en el viaje a Veracruz— la variable es la gente, el clima, lo inesperado.

El auto no es el sujeto de la foto: es el medio. Lo que realmente fotografió es la velocidad, la tensión, el instante antes de la curva.
Lo que me enseñó el asfalto
Cada sesión en el autódromo es una lección de paciencia. Llego antes de que salga el sol, cuando el circuito está en silencio. Espero horas por un segundo de luz perfecta. Esa espera me ha enseñado más que cualquier libro de fotografía.

La luz de la carretera
El viaje a Veracruz con el Fox cambió mi perspectiva. Ya no era el auto en condiciones ideales; era el auto contra el sol de la costa, la humedad, los reflejos del camino. La carretera tiene una luz que el estudio no puede replicar: una luz que se mueve constantemente.

El futuro de la serie
Sigo disparando autos, pero ya no los veo solo como objetos mecánicos. Los veo como extensiones de las personas que los conducen, como protagonistas de historias que suceden a alta velocidad.
La serie sigue creciendo. Cada vuelta al autódromo, cada viaje, cada desfile suma una capa más a este proyecto que empezó como curiosidad y se ha convertido en una parte central de mi trabajo.
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